Buenos Aires, 8 de agosto de 2026

Estimada María:

El invierno llegó a Buenos Aires. El cuerpo se cubre, se repliega. Tiembla. Hiberna.

Pero en ocasiones también busca otros cuerpos, busca apaciguar lo gélido.

Leo tu poemario “Jardín de invierno” en el Café Cortázar. Es un café antiguo, de colores amarronados, los mozos visten con traje, los servilleteros son generosos. Es un lugar de otra época, es nostálgico.

Recorro sus hojas y encuentro pasajes (casi escribo paisajes) en los que me identifico. Quizá pase eso con algunos libros, llegan a nosotros y nosotros a ellos cuando las letras de otro tocan las nuestras y esa música indefinida que nos habita encuentra un cauce en una escritura ajena.

Traigo un poema del libro, me parece que con pocas palabras sintetiza algo importante de la función materna:

Caminaban

las tres

varios pasos

adelante.

No sé en qué

me entretuve

pero

no me apuré

por alcanzarlas.

Dejé que se alejaran

y me obligué

a caminar así

varias cuadras.

Tus versos me hacen pensar en lo que una madre da: ausencia. Distancia. Separación.

Una madre es mutante, el tiempo la mueve. ¿Qué le hace el tiempo a la maternidad? ¿Cómo la resignifica?

Sigo leyendo y me topo con otro:

Miento si digo

que me tomó por sorpresa.

Me detuve últimamente

en sus pestañas arqueadas con rímel,

sus apuntes de chica universitaria,

su interés por esa ropa que

yo no usaría.

Observé también una distancia nueva.

Hablo de una distancia que antes

sobrevolaba liviana, y ahora cae al piso

como una pluma

transformada en daga.

De este invierno mío

ella está exenta.

Sin embargo, no se trata de eso.

Se trata de cómo saludar

su vuelo

sin convertirme en piedra

o en nieve.

Suspiro y pienso en la tumultuosa relación madre-hija. ¿Qué recuerdos trae una hija? ¿Será que en ella vemos reflejados nuestros duelos?

Antes de despedirme, una última pregunta. Practicas el psicoanálisis y la poesía, ¿Cómo se relacionan ambas?

Jardín de invierno hace florecer de jazmines mi invierno interno, me ofrece una manta de palabras que son como un aire cálido. 

Besos muchos

Fiorella


Rosario, 11 de agosto de 2026

Estimada Fiorella,

Me alegra que “Jardín de Invierno” te haya acompañado en esa mesa del Cortázar. A mí también me encantan los cafés con un dejo de nostalgia, y mas aun, sentarme a leer abstrayéndome de casi todo.

Me parece algo particularmente hermoso de lo epistolar, la posibilidad de escribir pensando en una conversación con otro, con otros, que se relanza y estimula en cada ida y vuelta.

Tal como decís, hay letras que nos tocan de un modo particular. Algunas letras encuentran un modo de decir que toca el cuerpo y lo conmueve. Eso es lo que me sucede en el encuentro con lo poético.

Me contas que algunos versos y poemas te han llevado a ciertas preguntas sobre eso que llamamos maternidad. No sé si pueda responder a esas inquietudes, pero puedo contarte que la escritura de “Jardín de invierno”, fue mi modo de dar lugar y a la vez de encausar ciertas obsesiones que arremetían con fuerza. Tomando el decir de Cesare Pavese: un libro o un poema como efecto del encuentro entre una obsesión determinada y su forma. 

Ser madre, ser hija, ser nieta. Pertenecer a una determinada genealogía. El paso del tiempo como merma, pero también como posible vector de ligereza y lucidez. La distancia como don. Los nuevos modos del amor y del humor.

El poema como respuesta tentativa, fragmentaria, temblorosa, pero también como lugar de respiración vital.

¿Qué relación encuentro entre poesía y psicoanálisis?

Me parece que están estructuralmente emparentados, más allá del evidente trabajo con el lenguaje que comparten.

Los temas fundamentales que atañen al psicoanálisis son también los temas universales de la poesía. Se trata de la condición humana. Sexualidad y muerte.  Freud dijo que los poetas lo supieron antes.

Cuando pienso en el hacer de analistas y poetas, pienso en filigranas de palabras y silencios. Delicados hilos que intentan bordear, bordar alguna letra singular en el corazón de lo inefable. 

Cariños

María Laura