Argentina, septiembre de 2026
Estimado Herr Professor Dr. Sigmund Freud:
Le escribo con la convicción de que sus descubrimientos no solo transformaron una ciencia, sino la cultura entera. Hoy, más de un siglo después, sus conceptos circulan en la vida cotidiana con una naturalidad que le asombraría. Personas que jamás se acostaron en un diván advierten a otro: «No proyectes en mí lo que es tuyo», o se preguntan: «¿Qué querrá decir ese sueño?». El psicoanálisis ya es parte de la cultura. Usted consiguió lo que muy pocos pensadores han logrado: cambiar el modo en que una civilización se piensa a sí misma.
Antes de usted, lo que nos ocurría parecía venir de afuera. Los dioses, el destino, los astros. Su obra trasladó la causa. Nos enseñó que la vida anímica está gobernada por determinaciones que no elegimos, que el yo es una instancia frágil y que no es siquiera «amo en su propia casa». Donde antes proyectábamos la causa en el cielo, usted nos obligó a buscarla en nosotros mismos.
Por eso, además, le escribo. Observo que la ciencia acaba de abrir una nueva herida narcisista. En 1917, en Una dificultad del psicoanálisis, usted contó tres. La cosmológica, que asociamos a Copérnico, cuando dejamos de ser el centro del universo; la biológica, de la mano de Darwin, cuando nos supimos una especie más entre los animales; y la suya, cuando el yo perdió el gobierno de su propia casa. Sin haber terminado de aceptar que somos animales, sospecho que hoy se abre justamente allí una cuarta herida al narcisismo de la humanidad. Una técnica salida de nuestra propia mano ha empezado a superar nuestra capacidad de calcular, procesar y anticipar. La tecné [1] que creíamos instrumento, se ha vuelto espejo y desafío. Y esta vez el golpe cae, precisamente, sobre la razón. Justo en el último reducto donde nos creíamos únicos.
Me gustaría saber cómo piensa usted lo que ocurrió en una sola semana de septiembre de 2026, a cien años de su texto Inhibición, síntoma y angustia. El mismo día, una inteligencia artificial (a la que no puedo explicarle sino tomándole la expresión de un nuevo «Dios prótesis») afirmó haber resuelto uno de los grandes enigmas de la matemática, el problema de Navier-Stokes, abierto hace casi dos siglos (antes que toda su obra), y haberlo hecho en apenas 88 horas. Ese mismísimo día, el martes 8 de septiembre, se publicó los resultados de la prueba PISA, que cada tres años mide a los jóvenes de quince años del mundo entero, arrojando el peor resultado del que se tenga registro. Y hay algo que casi nadie menciona. Existe una evaluación equivalente para adultos, el PIAAC. Allí, casi uno de cada cinco adultos, con la escuela terminada y un trabajo, ya no comprende lo que alguna vez comprendió, como leer un texto, hacer una cuenta, resolver un problema de todos los días.
Quizá la inteligencia no desaparezca: se muda. Ya ocurrió otras veces. Cuando inventamos la escritura, delegamos en ella el peso de recordarlo todo. Ya Platón, en el Fedro, temía que por eso se atrofiara la memoria. Pero, a pesar de haber sido quemada parte de sus primeras obras, lo pudimos rescatar y estudiar, y créame que lo hacemos a diario. En la máquina de calcular delegamos las cuentas. En la pantalla, que usted alcanzó a conocer como cinematógrafo, delegamos buena parte de la lectura. Siempre cedimos una tarea y, sin embargo, sobrevivimos e incluso crecimos, porque teníamos tiempo y porque el aprendizaje estuvo siempre del lado del proceso y no de la solución. La diferencia es que ahora cedemos algo mucho mayor, que es el acto mismo de crear, resolver, sintetizar, decidir y razonar. ¿No creíamos que era, justamente, la razón lo que nos diferenciaba de los animales?
Esa es mi pregunta, y con ella lo dejo. Ansioso —una sensación que hoy se ha vuelto más común que en su tiempo—, aguardo su respuesta con muchos más interrogantes de los que aquí caben. Lo saluda con admiración y gratitud alguien que hizo de su pensamiento una forma de vida y que agradece que usted haya inaugurado un modo, todavía nuevo, de pensar al ser humano.
Dr. Ezequiel Achilli
[1] Me refiero a la tecnología, no a otras concepciones del término.